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Ponencia de GEA CM en el día internacional del Cooperativismo, hoy 4 de Julio de 2020

Fuimos convocados al Foro: Cooperativas y su Acción por el Clima, desarrollado por la Confederación de Cooperativas de Colombia - CONFECOOP, ASCOOP y la Cooperativa de Profesores de la Universidad Nacional, donde nuestra representante legal Nidia Romero Orjuela presentó la ponencia que encontrarás a continuación  


El cooperativismo y la dimensión política de la vida misma, puntos de partida para enfrentar la crisis climática


En nombre de la Cooperativa Multiactiva: Gestión y Estudios Ambientales, extiendo un alegre, caluroso y solidario saludo a los ponentes con quienes comparto el día de hoy y por supuesto a quienes están atendiendo este foro como participantes. Agradezco especialmente la invitación y toda la labor que realizan desde CONFECOOP, ASCOOP y la Cooperativa de Profesores de la Universidad Nacional para realizar iniciativas tan valiosas y necesarias para nuestros días como este evento, donde le damos vida y fuerza al cooperativismo al pensarlo como alternativa para la acción climática, justamente hoy, 4 de julio, en su día internacional.


Mi nombre es Nidia Romero, soy una mujer convencida de la justicia social y ambiental y por ello mi interés en la economía solidaria y desde la academia en el campo agronómico y ambiental.


GEA, es una organización de trabajadores profesionales que aunque este año cumplió su primer quinquenio, tiene raíces desde hace una década, cuando varios estudiantes de universidades públicas juntando, sueños, debates y acciones, nos sumamos a la creación de caminos de cambio estructural para nuestro país, a la vez, que luchábamos por un nuevo modelo de educación superior público comprometido con el desarrollo de nuestra nación, lucha aún urgente por alcanzar para generar transformaciones estructurales en nuestra sociedad. Un momento histórico, que algunos recordarán por las inmensas movilizaciones que llenaron las calles de Colombia, en lo que se conoció como el paro estudiantil de 2011 y que sembró el pensamiento crítico a toda una generación que confiamos, en su mayoría, están trabajando por un nuevo país.


En esta etapa de vida, empezamos a analizar la situación a la que se enfrentarían nuestros distintos proyectos de vida, encontrando un panorama, en el que los sueños profesionales se enfrentarían a una doble situación problemática: por un lado, el difícil contexto de alcanzar una estabilidad laboral de cientos de profesionales jóvenes en el país y por otro lado, el poder desarrollar un ejercicio profesional coherente con nuestros principios éticos y de vida, que en el caso de lo ambiental, se ponen en tensión cuando se sabe que, por asuntos del mercado, se prioriza el empleo en actividades extractivistas, de alto ambiental o de simple cumplimiento normativo bajo protocolos ya establecidos; esto por encima de las actividades que permitan crear soluciones innovadoras desde la ciencia y la tecnología (desaprovechando que estamos en uno de los países más ricos y biodiversos del mundo), para atender las necesidades de nuestra población que aún hoy pasa por desigualdad, pobreza, hambre, sed y guerra, factores todos que justamente nos tienen inmersos en el camino de la crisis climática.


De esta manera, la lectura del reto al que nos enfrentamos, permitió construir una certeza, dulce y amarga: “La organización, el trabajo en equipo, el sentirnos comunidad es el mejor y más seguro camino para constituir una sociedad empática que piense de forma colectiva su bienestar y no lo deje al azar del individualismo”, digo dulce, porque efectivamente el trabajo solidario, colectivo, emancipa y dignifica a las personas, hace soñar con un nuevo mundo, nos construye en valores distintos de sociedad. Y digo, amarga, porque cargamos con la presión de una sociedad basada en la competencia y el estatus como parámetros de éxito. Ésta es una vía que requiere mucho tiempo, paciencia, inteligencia y perseverancia, sus logros no se consiguen de la noche a la mañana y justamente debe lidiar con demostrar que su éxito no se mide en el valor de su cuenta bancaria, sino en el bienestar construido entre un gran número de personas.


El cooperativismo es una alternativa al desempleo (que a Mayo de este pandémico y crítico 2020, llega al 21,4% de la población según el DANE), porque partiendo del valor de la solidaridad, permite crear distintos puestos de trabajo y empoderar a los trabajadores y trabajadoras para gestionar las condiciones y necesidades de su propia vida, uniéndolos por un objetivo colectivo y no un objetivo particular. Y también, puede ser una alternativa a la crisis climática, porque a partir de la unión de los trabajadores se puede elaborar una conciencia y práctica distinta de la producción y el consumo, las cuales se dan en función de la satisfacción de sus propias necesidades y no de las del mercado, esto es, un cambio en la concepción de la economía, pensada para el cuidado de la sociedad, más que para el crecimiento económico de las minorías histórica, injusta y ya suficientemente privilegiadas.


Al estudiar estas posibilidades, es donde se fortalece nuestra convicción por generar cambios y construir caminos desde la solidaridad y para el ambiente, más allá de dejarnos llevar por el desánimo o la frustración que deja huellas en nuestra generación, porque como decía Jaime Garzón: “Si ustedes los jóvenes no asumen la dirección de su propio país, nadie va a venir a salvarlo, NADIE”. Debemos aprender de la historia, de los trabajadores y trabajadoras que a partir de su fuerza vital han construido todo lo que usamos para nuestro beneficio, de las comunidades que han defendido los territorios, la naturaleza, logrando construir planes de vida en equilibrio con los ecosistemas, resistiendo desde hace siglos, la arremetida del extractivismo en los territorios por el modelo económico global actual y de todas las personas que con amor han hecho posible que aún hoy, pervivan valores humanistas que eleven nuestra conciencia al punto de saber reconocer y respetar la naturaleza con todas sus formas de vida.


Para profundizar la pregunta de: ¿Qué acciones implementar ante la emergencia climática?, un primer paso es el reconocimiento integral de la crisis, con su historia, sus causas y consecuencias, pues el aumento de la temperatura global, la alteración de los regímenes climáticos de los territorios que maximizan las frecuencias y magnitudes de inundaciones o sequías, son tan solo los síntomas de un fenómeno que sin duda alterará drásticamente las condiciones para nuestra propia existencia y la de miles de formas de vida del planeta quienes hoy, ya afrontan la 6ta extinción masiva en el denominado antropoceno o la época de la influencia de los humanos sobre el planeta.


Así como la alerta generada a nivel mundial por los efectos sobre la capa de ozono debido al uso desmedido de los Clorofluorocarbonados, que generó una serie de exigencias sociales en los años 90 para prohibir totalmente su uso, hoy, manifestamos una alerta por generar acciones, transformaciones y salidas, confiamos y nos articulamos a las propuestas que plantean diversas comunidades en privilegio de la vida y no del mercado, porque son quienes reconocen y perviven en sus territorios.


Por todo esto, como generación de jóvenes que recibimos este país de ustedes, nos urge poner el debate del futuro de nuestra vida sobre el planeta, en ¿Cuáles son los aspectos reales que generan dicha crisis? y al respecto planteamos los siguientes cuestionamientos que dejamos a su reflexión:


  • ¿El modelo extractivista de recursos minero - energéticos dependiente al mercado global, debe ser el principal motor de la economía de nuestro país? peor aún, ¿debemos mantener un modelo que delega la explotación de nuestros territorios a empresas multinacionales para satisfacer los mercados internacionales y sus altísimas demandas de consumo contaminante?

Cerrejón: hoy es el causante de la sed, la desnutrición y la muerte de cientos de niños de las comunidades Wayuú y lamento decir que mañana, la historia condenará a quienes permitieron continuar las acciones de Cerrejón aun sabiendo sus consecuencias, pues será uno de los causantes de la sed y desnutrición de nosotros, nuestras hijas o nuestros nietos.


Lo mismo con el Fracking, que por estos días de pandemia se viene impulsando aceleradamente y con mucha más fuerza el decreto 328 de 2020, para viabilizar esta técnica contra todas las recomendaciones y dejando de lado los pasivos ambientales que ha generado la industria del sector de hidrocarburos en yacimientos convencionales en otras partes del planeta; como generación, como profesional ambiental, como habitante más de este mundo, tengo certeza de que el agua es fundamental y que no la podemos comprometer por el lucro privado y la excusa de siempre, la generación de unos cuantos empleos en el territorio. Naturalmente, reconocemos la importancia del gas y del petróleo en la sociedad consumista y dependiente de hoy, pero no por ello podemos encasillarnos en que ¡la única salida consiste en hacer lo mismo, mientras negamos la crisis climática en crecimiento!


Es por esto que creemos y vemos como necesidad urgente, estudiar qué es el principio de precaución, involucrar y apoyar a los profesionales, a las universidades, a las comunidades a desarrollar acciones para consolidar proyectos de transición energética, de la mano de una propuesta de política nacional minero-energética con enfoque soberano, donde proyectos nefastos como el fracking sean descartados de la dinámica extractivista y la energía sea vista como un bien común que sustenta los proyectos de vida de las comunidades.


  • Por otro lado, ¿Seguiremos descuidando las potencialidades agrícolas del campo colombiano, junto con su diversidad y su papel en la producción alimentaria nacional?, ¿el modelo principal del campo debe ser la implantación de monocultivos extensivos de Palma aceitera, teca, aguacate, caña de azúcar o incluso de ganadería mega extensiva y vacas súper cómodas?


Las presiones en los sectores campesinos son un problema histórico del modelo de desarrollo colombiano, causante de una guerra vigente en varios territorios nacionales y que al día de hoy se siguen agudizando por los altísimos niveles de desigualdad, que según el censo agropecuario de 2014-2016, determina un índice GINI rural de 0,89, (casi 1 o plena desigualdad), esto indica altas concentraciones de tierras en manos de unos pocos. Situación relacionada a su vez, con el proceso de ampliación de la frontera agrícola a punta de deforestación y potrerización de nuestras selvas, con toda seguridad, por la falta de una política integral rural para los sectores campesinos y populares de este país y no para los grandes empresarios o terratenientes.


En este contexto rural colombiano, el estado prioriza y promueve el modelo agro-alimentario impuesto por las grandes corporaciones multinacionales del sector, caracterizado por el uso intensivo de agroquímicos, la privatización de las semillas y la especulación financiera de la producción, siendo responsable del 44% al 57% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero a nivel mundial. Mientras tanto, es conscientemente desconocido el papel del campesinado (quien en su mayoría hace uso de pequeños extensiones de tierra para producir bajo la economía familiar campesina), es desconocido, pues conociendo que alimentan a la mayor parte de la población, no reciben un apoyo o impulso estructural, que permita atender las grandes limitantes de producción, que tienen que ver con costos para llevar a cabo las diferentes etapas productivas, el estado de los medios de producción agrícolas, el acceso a las cadenas de distribución, las disposiciones de consumo y los mismos impactos ambientales generados por la actividad.


Así mismo, muchos territorios del país, se rigen por las relaciones de poder determinadas por el narcotráfico, la guerra y los intereses privados, que hacen de los territorios escenarios de disputa para el control de recursos estratégicos y en los que se terminan presentando hechos indignantes (y directamente relacionados) como la violación por parte de las fuerzas militares a niñas de comunidades indígenas en Risaralda y Guaviare, ante lo que nosotros decimos “ni la tierra, ni las mujeres, somos territorios de conquista”, nuestros cuerpos y nuestros territorios deben ser defendidos, cuidados, respetados, protegidos y no violentados. El problema de fondo, es que allá no debía estar ningún militar, sino la misma población trabajando su tierra y desarrollando sus planes de vida.


Por estas razones consideramos necesario y urgente crear nuevos modelos para el desarrollo de la agricultura, como la agroecología, donde en conjunto con las comunidades campesinas, se plantee una estrategia para el desarrollo del sector agrario, reconociendo al campesino y campesina como sujeto de derechos, se posibilite una distribución igualitaria de la tierra y mientras tanto se reconozcan propuestas como los Territorios Campesinos Agroalimentarios, que cambia la relación de las comunidades con la naturaleza reconociendo la identidad campesina en el ordenamiento de su territorio.


Como último cuestionamiento:

  • ¿La mejor alternativa para la gestión de nuestros residuos es su entierro en los famosos rellenos sanitarios como Doña Juana?, ¿Qué debemos esperar para implementar una industria poderosa, amplia y cooperativa para el reciclaje?, ¿Por qué la gestión de los residuos debe ser un servicio privatizado?


El manejo y disposición de residuos sólidos actual, es sin duda alguna un gran factor de impacto negativo al ambiente y un generador de más gases de efecto invernadero. En Colombia se producen aproximadamente 30.000 toneladas diarias de residuos sólidos, el 41% de estos es generado por las 4 grandes ciudades, donde Bogotá participa con el 19% del total, seguida por Medellín, Cali y Barranquilla. Para el caso de Bogotá, en promedio cada usuario del servicio de aseo genera 82 kg de residuos al mes, es decir que al Relleno Sanitario Doña Juana llegan diariamente 6.500 Ton, de los cuales el 65% son de tipo Orgánico aprovechables, alrededor del 15% de los residuos generados son materiales reciclables, para quedar con un restante de tan solo el 20% de materiales NO aprovechables, este Relleno Sanitario se ubica al sur de la ciudad, donde se suman conflictos por minería de cantera, zona industrial de curtiembres, la planta de “beneficio” animal y en general, un acceso deficiente a los bienes de consumo colectivo, como la vivienda digna, situación que ha generado una deuda social y ambiental en toda la cuenca del río Tunjuelo.


De ese 80% de residuos al que se podría realizar un manejo técnico responsable, solo las asociaciones y agrupaciones de recicladores en la ciudad hacen un uso y aprovechamiento del material en el mercado establecido para ello, los residuos restantes llegan al relleno sanitario sin ningún tipo de manejo, situación que presenta un reto y a la vez una oportunidad para nosotros, donde proponemos un nuevo modelo de gestión residuos para Bogotá, que involucre a los habitantes directamente, ampliando su conciencia ambiental, vinculando su participación de forma solidaria en la cadena de gestión de residuos y proyectando la generación de alianzas público- comunitarias con empresa asociativas o cooperativas de recuperadores para la transformación de los residuos e incluso discutiendo los parámetros de consumo en la ciudad.


Con todos estos retos a superar como sociedad, hemos decidido enfocar nuestra acción en el impulso a la gestión popular desde el cooperativismo, es decir, de la mano de los sectores sociales, gestar alternativas y soluciones, científicas, técnicas y profesionales, para afrontar las principales necesidades que tienen como consecuencia de un modelo de sociedad desigual e injusta. Para alcanzar este propósito, consideramos fundamental partir del reconocimiento de las iniciativas productivas de nuestros asociados y las comunidades territoriales en las que tenemos incidencia, a fin de consolidar redes de economía popular y solidaria que encuentran en la gestión popular un mecanismo de soberanía en el ejercicio de su producción, desde objetos artesanales, pasando por la producción de alimentos a nivel urbano, hasta la construcción de propuestas de Zonas de Restauración Ecológica Comunitaria sobre las cuencas hidrográficas que conforman Bogotá y Sabana, todas estas como iniciativas donde la comunidad es dueña de sus medios de producción, mejorando sus condiciones de vida desde la construcción colectiva de escenarios de comercio justo.


Es así como el cooperativismo nos permite día a día a responder con propuestas ante los impactos ambientales y sociales generados por el actual modelo acumulativo, individualista, extractivista e inequitativo. Nosotros y nosotras, como jóvenes, hijos, futuros padres y madres, unimos esfuerzos por seguir construyendo escenarios de economía solidaria, donde prime la vida y no el mercado, donde codo a codo construyamos el futuro que queremos, que soñamos, donde nuestro ejercicio profesional genere prácticas de libertad que se ocupen del cuidado y el autocuidado, que piensen el territorio desde el interior y permitan reflexionar sobre la dimensión política de la vida misma.


Muchas Gracias.


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